Si existe una localidad en toda la Costa del Sol que a lo largo de los últimos años no ha progresado, ésta es Maro. El pueblo de Maro, tenga o no tenga Ayuntamiento, es un verdadero pueblo, no merece el abandono que sufre por parte de las diferentes administraciones.
Es verdad que el Ayuntamiento de Nerja es el único organismo que ha hecho lo que ha podido. Es más, me consta que el actual alcalde pedáneo, Antonio Gallardo, es un hombre muy trabajador y competente que no para de tomar iniciativas de impulso.
Sin embargo, todos los esfuerzos que se hacen desde Nerja chocan contra la incomprensión de otras administraciones, especialmente la autonómica. Los burócratas de la Junta de Andalucía están condenando a Maro al olvido y al abandono. No son conscientes de que la población ha de crecer para que se llegue al “punto crítico” en el que interese poner negocios y comercios de todo tipo que den vida al pueblo. Su política feroz de no dejar poner un ladrillo es de todo punto de vista contraproducente porque ni siquiera los mareños pueden hacerse allí una casa o simplemente cubrir una terraza.
¿De qué sirven estas legislaciones tan proteccionistas? Sólo para hundir, sólo para hacer daño y amargar a los ciudadanos que se tienen que ir de su precioso pueblo que no por crecer va a perder su encanto. Que las normas digan cómo hay que vestir al niño, pero lo que no pueden hacer es no dejarle cambiarse de zapatos. Los pies, igual que los pueblos y las ilusiones de sus habitantes que los impulsan tienen que crecer.
Los mareños no se merecen ese desprecio. No se lo merecen.
Es verdad que el Ayuntamiento de Nerja es el único organismo que ha hecho lo que ha podido. Es más, me consta que el actual alcalde pedáneo, Antonio Gallardo, es un hombre muy trabajador y competente que no para de tomar iniciativas de impulso.
Sin embargo, todos los esfuerzos que se hacen desde Nerja chocan contra la incomprensión de otras administraciones, especialmente la autonómica. Los burócratas de la Junta de Andalucía están condenando a Maro al olvido y al abandono. No son conscientes de que la población ha de crecer para que se llegue al “punto crítico” en el que interese poner negocios y comercios de todo tipo que den vida al pueblo. Su política feroz de no dejar poner un ladrillo es de todo punto de vista contraproducente porque ni siquiera los mareños pueden hacerse allí una casa o simplemente cubrir una terraza.
¿De qué sirven estas legislaciones tan proteccionistas? Sólo para hundir, sólo para hacer daño y amargar a los ciudadanos que se tienen que ir de su precioso pueblo que no por crecer va a perder su encanto. Que las normas digan cómo hay que vestir al niño, pero lo que no pueden hacer es no dejarle cambiarse de zapatos. Los pies, igual que los pueblos y las ilusiones de sus habitantes que los impulsan tienen que crecer.
Los mareños no se merecen ese desprecio. No se lo merecen.
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